Amaya y los cristales
Amaya es una mujer de unos cincuenta años, una persona normal, una cara agradable y un cuerpo menudo. Sus pechos, también son normales y su altura si es importante, uno setenta y cinco.
Ese día Amaya se había levantado tarde, el día estaba lluvioso y no hacía mucho calor. Desayunó tranquilamente, cosa que por el trabajo no podía hacer habitualmente. Desayunando pensó que hacer ese día, eligió limpiar los cristales de la balconada, una balconada amplia que con la lluvia se quedaba llena de pequeñas gotitas. Ella seguía a lo suyo, cuando un sol radiante entró sin permiso en el salón iluminándolo todo. Amaya pensó que ese sería un buen momento para limpiar los cristales, pues era difícil que ese día volviera a llover. En su ciudad no llovía casi nunca, pero llevaban unos meses raros.
Preparó con esmero los productos de limpieza y se dispuso a limpiar los cristales de su balconada. Roció estos con su producto favorito y extendió este limpiando la superficie de los cristales. Cuando tocó por primera vez el cristal, algo en su cuerpo se electrizó. Su mente le mandó imágenes de su apolíneo compañero de trabajo totalmente desnudo acercándose a ella. Rápidamente se separó del cristal, pero una sensación extraña invadía su cuerpo. ¿qué me ha pasado? Se preguntó. Tímidamente se acercó de nuevo a la cristalera y extendió su mano hasta tocar el cristal. De nuevo ahí estaba él totalmente desnudo, mirándola y mordiéndose el labio. Su polla una gran polla como le gustaban a ella, se erguía portentosa llamándole a acercarse a ella. Nuevamente se separó del cristal, ahora notando la humedad en su tanga.
¿Qué me pasa? ¿Qué es esto? se pregunta Amaya totalmente ofuscada. Pero le gustaba, le gustaba esa sensación que corría por su cuerpo, elevando sus vellos y tirando de su piel. Esa imagen que había visto, deseaba verla de nuevo. Quería volver a ver a su compañero desnudo, ofreciéndole su enorme pene, pene que ella simplemente había imaginado.
Se acercó de nuevo al cristal y ahí estaba él, meciendo su polla y mordiéndose el labio, llamándola. Ella misma vio como se acercaba, como él le sujetaba por las caderas y la atraía hacia él. Sus suaves labios se pegaron a los suyos y sus lenguas empezaron un baile intenso y húmedo. Sentía en su vientre esa potente dureza y como él, la atraía frotando su polla en su vientre.
Amaya no se daba cuenta, pero estaba pegada al espejo, refrotandose con él, como si fuera este el hombre de su visión.
Las manos del hombre empezaron a desnudar el cuerpo de Amaya. Primero le soltaron los botones de su camisón dejándolo caer sobre el suelo de madera de la habitación. Después lentamente soltó los corchetes de su sujetador, acariciando con mimo sus pechos. Descendió por la curva de su cuerpo hasta llegar a su tanga, la cual bajó lentamente a la vez que quedaba de rodillas ante ella.
Amaya ahora estaba completamente desnuda, con su espalda pegada al ventanal y subiendo y bajando involuntariamente sus caderas.
El hombre metió la cabeza entre sus piernas, subiendo una de ellas a sus hombros. No se anduvo con florituras y fue directo a su clítoris. Lo sobrio y tiró de él, produciendo un temblor en el cuerpo de Amaya. La lengua del hombre recorría muy lentamente el escueto clítoris de Amaya. Esta tenía sus manos en la nuca del hombre y lo guiaba en su inexorable camino hacia el orgasmo.
Amaya, movía con exacerbada lentitud sus dedos alrededor de su clítoris, a la vez que sus piernas se flexionaban buscando el máximo placer. Notaba como una corriente discurría por su cuerpo, buscando estallar y llenarla de placer. Amaya gritó cuando el orgasmo la sobrevino, gritó con su espalda pegada al cristal y sus piernas temblando.
El hombre, con la cara llena de los fluidos de Amaya, le dio la vuelta pegando sus tetas al cristal y cogiendo sus manos para estirarlas por encima de su cabeza.
Te voy a follar hasta que te desmalles.
Estas palabras volvieron loca a Amaya, que ahora con su cara y sus tetas pegadas al cristal tenía tres de sus dedos dentro de su coño y se follaba con fuerza.
El hombre se introdujo en ella con fuerza, con rabia, como un toro. Sujetando sus manos contra el cristal, le daba con todas sus fuerzas mientras le gemía al oído.
Así te gusta putita, que te destroce entera, que reviente tu coño.
Amaya con sus tetas pegadas al cristal, ya tenía cuatro de sus dedos dentro de su coño y consiguió meter el quinto y tener toda la mano dentro de él. Se follo ella misma sin separar las tetas aplastadas contra el cristal. Se daba fuerte, muy fuerte, hasta que un potente chorro salió de ella y quedó tendida en el suelo separándose del cristal.
Cuando recupero el resuello, se encontró ahí tirada, completamente desnuda y con un charco de su propio jugo bajo su sexo. No se podía creer que hubiese estado desnuda frente al ventanal, masturbándose como una loca.
Pegó su mano al cristal, para comprobar ¿si era eso cierto, si eso le nublaba la mente?
Ahí estaba él de nuevo meciendo su polla sobre su cara.
Abre la boca, te lo vas a tragar todo, serás mi puta, abre la boca.
Inconscientemente Amaya abrió su boca y hasta casi pudo notar como los grandes reguerones de la corrida del macho, caían sobre su cara discurriendo por esta para acabar en sus pechos.
Alucinada se separó de la cristalera, se vistió y se fue hacia la ducha. Jamás le había pasado nada de esto, jamás había querido masturbarse con fantasías, jamás había perdido el control de esa manera.
¿Qué le pasaba? Amaya no tenía respuestas para eso, simplemente se metió bajo el agua de la ducha e intentó relajarse.
El episodio ocurrido en su día libre, le hacía ver a Juan, su compañero de forma diferente. Lo miraba y aun temblaba pensando en la follada que imagino le daba contra la cristalera, no podía menos que mojar sus bragas, pero ese día procuró evitarle. El día transcurrió medianamente tranquilo, el trabajo ocupaba su cabeza y le impedía pensar en su fantasía.
Tras terminar su turno, se subió en el autobús, para ir camino de su casa, tenía un trayecto largo de más de media hora. Al entrar se fijó en el conductor, un hombre alegre, moreno y fornido, de más o menos su edad. Pagó su billete y se encaminó a los últimos lugares del autobús. Se sentó, estaba cansada, esos días habían sido días de muchas emociones. Lentamente su cabeza se apoyó contra el cristal de la ventanilla del autobús.
Tras tocar el cristal de la ventanilla, Amaya, vio cómo el conductor paraba el autobús y se acercaba a ella, sujetaba su cara con ambas manos y la besaba con ganas, como hacía tiempo que nadie la besaba.
Amaya entró en el juego, aquel hombre le gustaba. Noto como las manos del hombre dibujaban su cuerpo, como iban esculpiendo la dureza en sus pezones y como hacían brotar de su sexo una humedad que empezaba a calentarla.
En su inconsciencia, Amaya tenía una mano dentro de su falda y acariciaba su sexo por encima de sus braguitas.
El hombre acercó la mano de Amaya a su dureza. Esta la apretó y gimió al notar su grosor, esas pollas eran las que le gustaban, gordas, que le llenaran entera, sabía que le harían gritar.
Amaya se relamía en su asiento, mientras apartaba sus bragas a un lado y metía dos de sus dedos dentro de su sexo.
El hombre se irguió, llevando la polla cerca de los labios de Amaya, que no tardó en acercarse y abriendo su boca, acogerla en ella. Amaya gimió con la polla en su boca, le gustaban esas pollas, gordas que apenas le cabían en la boca, que apretaban su paladar y llenaban su garganta produciéndole una agradable asfixia. No dudo en meter esa polla hasta el fondo de su garganta y follarla con su boca. Mientras el hombre le había bajado el sujetador y ahora apretaba sus pezones. Eso le volvía loca, esa mezcla de dolor y placer, se juntaba en su sexo produciéndole intensos espasmos.
Vamos putita, vamos, trágala entera, vacíame los huevos, te daré una buena ración.
Los dedos de Amaya volaban en su sexo a la vez que su imaginación tragaba esa polla hasta casi tenerla en su estómago. El orgasmo la llego, con fuerza, su sexo escupió un buen chorro de flujo que mojo sus piernas y sus zapatos.
Señora, ¿qué hace señora? Ya terminamos el viaje.
Amaya despertó de golpe viendo a aquel hombre frente a ella, no sabía que había pasado, pero echó su mano a la bragueta del pantalón y con una habilidad desconocida para ella extrajo la polla del conductor, la llevó a su boca y la saboreó con deleite.
¿Qué hace señora, que hace?
Amaya siguió chupando, mientras el hombre ahora sí, guiaba su camino, empezando a follarle la boca. Amaya lo noto próximo a correrse, pero quería que la follara, necesitaba ser follada.
Para, para cabrón, quiero que me folles.
El hombre no se lo pensó dos veces, le arrancó las bragas de un tirón y la puso de rodillas sobre el asiento. Se introdujo en ella lentamente, notando la terrible humedad, que le hacía muy fácil el camino. No quería correr, quería sentir como ese caliente y húmedo coño, jugaba con su polla y le hacía volverse loco de placer.
Amaya gemía y le pedía más.
Más fuerte, más fuerte, me gusta tu polla, dame fuerte.
Encabritado el hombre la sujetó por el cuello, la apretó contra el asiento sacando su culo hacia afuera y le dio fuerte. El esfínter de Amaya se abría y cerraba cada vez que el hombre se introducía en ella. Esto le dio una idea, mojo sus dedos y los paso por el ano de amaya, esta se volvió y dijo.
No cabrón, no, ay, ay
Sin compasión el hombre atravesó su estrecho agujerito, empezando a bombear con fuerza. Amaya a los pocos envites ya gemía como loca meneando su culo para encontrarse con la polla del hombre.
Los huevos del hombre martilleaban el sexo de Amaya, que ya gritaba de placer.
Me corro cabrón, me corro, me meo, joder, joder, joder.
Después de esto el hombre no pudo más y se clavó en el culo de Amaya levantándo a esta del asiento y llenándola con su blanca espuma. Amaya con la boca abierta respiraba con dificultad.
El hombre guardó su polla, sonrió, sujeto entre sus manos la cara de Amaya y la besó con dulzura.





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